El día de San Marcos


San Marcos evangelista se llamaba en realidad Juan Marcos; este dato consta muy claro en los Hechos de los Apóstoles. Marcos era, por decirlo a nuestra manera, su apellido.

No contaba en el número de los apóstoles, pero estuvo mucho tiempo con San Pedro y San Pablo. Durante la prisión de este último, Marcos fue uno de sus colaboradores. Vivió mucho tiempo en Roma, ayudando a San Pedro y San Pablo en sus tareas apostólicas, hasta que lo enviaron a fundar la Iglesia de Alejandría. La tradición nos dice que San Pedro fue el inspirador de su Evangelio.

Su renombre se debe no a su vida, sino a su obra. Nos dejó uno de los cuatro Evangelios, que se caracteriza por habernos descrito con mayor detalle la infancia de Jesús y habernos aportado más datos sobre la vida familiar de éste, con el mayor número de referencias a la Virgen.

Murió mártir aproximadamente un 25 de abril del 68 en Alejandría. Sus reliquias reposan en la Catedral de Venecia.
Es por ello que el 25 de abril la Iglesia Católica celebra la Fiesta de San Marcos Evangelista, la principal onomástica de los Marcos.


En Villarrubia de Santiago, es tradición organizar y disfrutar de una romería en el campo celebrando este día.

Fuente Nueva

Todo villarrubiero, grande ó pequeño, celebra el día de San Marcos y el siguiente, "San Marquitos", yendo a comer a la alameda de la Fuente Nueva, Peñuela, Fuente Vieja o las Huertas, con todo lo necesario, en compañía de familiares o amigos.

Fuente Vieja

Es típico incluir en dicha merienda la degustación del hornazo.


Pero ¿por qué comenzó el culto a San Marcos? La respuesta no está clara, aunque la causa más probable fue la intervención de la Orden de Santiago.

San Marcos fue uno de los patronos de la Orden y titular del primer convento o casa central de los santiaguistas, el de San Marcos de León. Estos frailes guerreros extendieron el culto al santo por su territorio de señorío y fue patrón o copatrón de varios pueblos como es el caso de Villarrubia de Santiago o mucho más al sur.



Como curiosidad:
 la palabra del latín arcaico marcus significa "Martillo". Pero la mayoría de los romanos que llevaban este prenombre, desconocían la existencia de ese arcaísmo porque había sido sustituido por su diminutivo má.leus. Estaban convencidos de que su nombre era una abreviación de Márti-cu-s y hacía referencia por tanto a Marte, el dios de la guerra.



Los peleles



Peleles 1936 - Villarrubia de Santiago

La Fiesta del Judas es una tradición local de algunos pueblos españoles e Ibero Americanos en los que, en distinto día del año dependiendo del lugar; carnaval, 21 de mayo, Semana Santa, etc, se mantea, apedrea, lincha quema un muñeco que representa a Judas Iscariote, por su traición a Cristo.

Peleles 1936

El manteo de Judas es una de esas variaciones de la Fiesta del Judas propia de algunas localidades de Castilla-La Mancha y de otros municipios de España, entre los que se incluye Villarrubia de Santiago y que, en nuestro caso, tiene lugar el Domingo de Resurrección, en Semana Santa.

Peleles 1936

La tradición consiste en elaborar un muñeco, el cual representa a Judas Iscariote.
Se utilizan diversos materiales para su confección: tela, escayola, paja, madera, cántaros de barro, pintura de colores, etc, con forma de hombre (y con algunas partes de su anatomía ciertamente exageradas), representando a Judas, aunque con los años se ha ido derivando a la representación de personajes que protagonizan la actualidad del momento.

Peleles 1960

Antiguamente, el muñeco se colgaba la madrugada del sábado al domingo, después de la Vigilia Pascual,  en ventanas y balcones o esquinas donde se iba a mantear. El domingo por la mañana, generalmente las mujeres, descolgaban al pelele y se pasea manteándolo por el pueblo al ritmo de cánticos y mofas llenas de ironía y picardías, para acabar como trofeo de los jóvenes, un trofeo que, tras la dura lucha por conseguir hacerse con él, se obtenía más o menos desmembrado. Otra variación de su fin, aunque quizás más antigua y que se realiza en otros lugares es la quema o apedreo del pelele.

Peleles 1964

 Por ejemplo, podemos oír la letrilla:

Arriba pelele,
arriba con él.
Su padre le quiere,
su madre también.
Todos le queremos:
¡Arriba con él!,
¡arriba con él!

Aunque durante muchos años se vinculó con los quintos, más tarde ha pasado a ser una tradición mantenida por peñas de jóvenes.

Es de agradecer los esfuerzos por mantener y retomar detalles de estas tradiciones típicas de la localidad,  recuperando nuestra memoria y cultura popular de nuestro pueblo, siendo de gran importancia el trasmitirlas a los más jóvenes.

1935 - Jóvenes en la Calle Serrano, popularmente conocida como calle "la Virgen", con lenzón recogido y el pelele envuelto con él.
Imagen publicada en una revista de tirada nacional hace más de 80 años

2016 - Mismos personajes y mismo lugar


Curiosidades y definiciones:
En la revista de "Dialectología y Tradiciones Populares", se hace referencia a los Peleles y coplas de carnaval madrileño,

La palabra pelele, según algunos investigadores, puede ser un diminutivo vasco del nombre Pedro. En el País Vasco Francésse conserva Pelele como equivalente de Perico o Pedrito.

Más conocido como pelele en la España de los siglos XVIII, XIX e incluso el siglo XX era el muñeco de paja manteado (tirado hacia arriba con mantas o sábanas) por un grupo de mujeres en forma de chanza durante los carnavales en Madrid y pueblos adyacentes.

El ritual del manteo se sigue repitiendo en nuestras épocas en casi todo occidente como rito de despedida (soltería, egreso, etc) o de iniciación (en una organización, en la escuela, en el ejército).

En tiempos de estos carnavales primitivos (hacia principios del siglo XVIII) se manteaba incluso a curas y se les cantaba una canción en tono de broma:

Debajo de la cama del Señor Cura,
hay un canastillo de confitura.
Los confites más gordos son para el ama
y los más pequeñitos pa' la criada

Otra de las canciones más conocidas, sobre todo en estos últimos tiempos, traída a la memoria en el final de la película Los fantasmas de Goya (dirigida en 2006 por Miloš Forman, protagonizada por Javier Bardem y Natalie Portman):

El pelele está malo ¿qué le daremos?
Una zurra de palos ¡que le matemos!
El pobre pelele, pelen pelela,
se tienta lo suyo, lo tiene arrugao,
le da con el dedo, lo quiere bullir,
el pobre pelele se quiere morir.

En realidad, este canto tiene una notable connotación sexual atribuida a la potencia sexual de los hombres; esta canción era cantada por mujeres mientras manteaban al pelele.

Pelele. Detalle de El Pelele de Goya (Museo del Prado)





Las primeras pedaladas de Bahamontes



El ganador del Tour de 1959 pasó sus años de infancia en Villarrubia de Santiago. Aquí empezó a trabajar y a demostrar sus habilidades sobre la bicicleta.

Bahamontes: “Pasé hambre y comí gatos, por eso fui ciclista”

Villarrubia de Santiago, uno de los lugares que han marcado la vida de Federico Martín Bahamontes.
Fue donde “El Águila de Toledo” pasó buena parte de su infancia y fue donde comenzó a demostrar su habilidad sobre la bicicleta.

El propio Bahamontes cuenta su vinculación con este pueblo toledano.

“En Villarrubia de Santiago pasé la Guerra y pasamos mucha hambre”.

Fue aquí donde el ganador del Tour de 1959 desempeñó sus primeros trabajos, en los que ayudaba a su familia.

“Mi padre trabajaba rompiendo piedra con un martillo y un señor y yo le ayudábamos con un volquete. Con 11 años ya estaba trabajando. Mi padre echaba tierra y nosotros echábamos piedra con la pala al volquete”. 

En los ratos libres, Bahamontes aprovechaba para correr en bicicleta. Mariano Monzón fue compañero del campeón toledano durante su juventud:

“Corrí con él una vez. Era muy bueno. Había una prueba que salía desde Toledo hacia Madrid para luego volver. Cuando volvimos, él ya estaba dirigiendo la carrera. Desde entonces sabíamos que era un figura sobre la bicicleta”.

Otro compañero de aventuras de Bahamontes en sus inicios como ciclista fue Arsenio Santiago:

“Corría con mucho estilo. Nos escapábamos subiendo a Ocaña, otras veces íbamos a La Guardia, y tirábamos para delante. Entonces, ya demostraba potencial, se desenvolvía bastante bien en la montaña”. 

Por aquél entonces, nadie presagiaba que ese jovencito se convertiría años después en el primer ganador español del Tour de Francia.

Arsenio: “Ni él ni nosotros pensábamos que llegaría tan alto como llegó. Entonces era un simple aficionado, como los demás. Era un poco mayor que nosotros, y se metió a profesional cuando fue al título de Barcelona y desde entonces, fue para arriba”.


Imagen de Federico Martín Bahamontes con sus amigos de la infancia Arsenio y Mariaño (A su derecha y a su izquierda respectivamente)
Esta fotografía fue tomada en Villarrubia, en meta de etapa Vuelta a Toledo 2015. En la línea de llegada, Bahamontes se reencuentra con Mariano y con Arsenio. Mientras supervisaba que todo lo relacionado con la carrera estaba en orden, aprovechó para saludarles, hablar con ellos e incluso posa para una foto delante de la cámara. Mientras, Mariano y Arsenio sí pueden contar que ellos rodaron en bicicleta con otro joven llamado Federico Martín Bahamontes. Años más tarde, su compañero de aventuras se convertiría en el primer vencedor español en el Tour de Francia.


Cincuenta y ocho inviernos después de ganar el Tour de Francia, Federico Martín Bahamontes recibe cartas de admiradores que han vivido tanto como él. Tiene 88 años y una historia detrás de cada palabra. Desde hace unos días, desde que murió Roger Walkowiak, el «Águila de Toledo» es el decano de todos los vencedores del Tour de Francia, la carrera que conquistó en 1959 y que lo convirtió en pionero para España. Bahamontes representa un viaje al centro de la vida, al pasado de un país, a la guerra, el hambre y el deporte que se practicaba por rabia y honor. Un embajador del ciclismo y del Tour.


Muestra unas fotografías y comenta:
«Ese que está ahí era mi abuelo, el lechuga. Y esos de allá, mi padre, Julián, y mi madre, Victoria». 
«Yo me dedicaba al estraperlo. Bajaba a Torrijos a por pan y harina, y a Gálvez a por garbanzos. Hacía todos los días 60 o 70 kilómetros cargado de mercancía con la vieja bicicleta de mi padre. La Guardia Civil se apostaba a los lados de los caminos y nos cogía todo. Había que estar vivo. Nos avisábamos entre nosotros como se avisan ahora los conductores con las luces. Compraba a dos pesetas y mi madre vendía a cinco».

 «Yo pasé hambre, muchísima hambre. Por eso me hice ciclista».

Un niño con ocho años en un país en guerra que lo rememora todo como si hubiese sucedido ayer.

«Cuando estalló la guerra nos fuimos andando desde Toledo hasta la Ciudad Universitaria en Madrid. Allí vivimos durante una semana debajo de una lona. Una tía mía nos acogió en O’Donnell y allí nos quedamos un año. Pero no había comida. Siempre teníamos hambre. Nos fuimos a Villarrubia de Santiago y allí pasamos la guerra».

«En Villarrubia mi padre machacaba piedras para hacer carreteras, como en esas películas de los presos, y yo me puse a trabajar con doce años. Era muy fácil: yo iba con un volquete y arrojaba las piedras para que mi padre y otros las machacasen».

«Mi familia quería volver a Toledo y compramos un carro y una mula, a la que llamamos “Andaluza” porque era muy elegante. Mi padre pensaba que las mujeres andaluzas eran las más elegantes. Paramos en Aranjuez y no teníamos ni un duro. Pero lo que se dice ni un duro», relata mientras hace el gesto de las dos velas que bajan por los costados de la nariz.

«No teníamos nada para comer. En Aranjuez cogí un azadón y me puse a escarbar entre los escombros. Allí me encontré unos reales y fue como un milagro. Nos dimos un festival de comida en Aranjuez. Arenques, tomates, espárragos…».

¿Y nada de carne?, vuela la pregunta

«¿Carne? -ríe y gesticula-:
"La carne que comíamos eran los gatos que yo cazaba por las noches con un tirachinas o con palos. Comíamos gatos, pasábamos mucha hambre».

"Robaba dinero a mi madre porque quería un balón de fútbol. Formé un equipo. Compré mi primera bici a un herrero por 150 pesetas. Estaba colgada en un gancho de la fragua y no tenía cambios. Me apunté a una carrera en Toledo y gané».

El ciclista que hurgaba en los sacos de almendras con una navaja o sustraía naranjas para comer, pronto se convirtió en una sensación para esa época de decadencia y penurias. Sin medios para ejercer su nueva profesión, Bahamontes se trasladaba de Madrid a Mieres en la bicicleta del herrero para concursar en la Vuelta a Asturias. En 1954 el seleccionador de ciclismo Julián Berrendero le reclamó para correr el Tour de Francia.
«Le pedí permiso a mi madre, a la que siempre hablaba de usted».

Bahamontes siempre fue un tipo singular, único, propenso al exceso.
«Recuerdo que en el Tour nos afeitábamos con vino blanco. Echábamos una peste… También me acuerdo de que en los primeros Tours que corrí me agarraba cada pájara. Era tremendo. Tenía el vicio de querer ganar y me olvidaba de comer».

Bahamontes compitió seis veces en el Tour (1954, 1958, 1959, 1962, 1963 y 1964), siempre logró el reinado de la montaña y conquistó siete etapas.

«Mi truco en el Tour era almorzar en la habitación. Yo podía pasarme sin comer porque lo había hecho antes, de chaval. Los demás se zampaban un bistec y arroz, pero yo sabía que tenía que comer poco para subir ligero. Y solo tomaba cinco galletas María y un té antes de las etapas»





Fuentes: abc.es y as.com

Cárcavas y Barrancos















Son esos lugares extraños, misteriosos, donde se concentran fuerzas de la naturaleza desencadenadas. Los diluvios que en el pasado corrían impetuosos por las hondonadas, dejaron al descubierto las rocas firmes, llevándose por delante, una y mil veces, masas de materiales de fácil disolución y arrastre.
En Villarrubia abundan estos formidables accidentes, los barrancos, que, junto a los riscos y cerros configuran un paisaje reseco, del color pálido de la luna en sus fases más descoloridas.

El barranco de Villoria

El barranco de los barrancos, ancho, largo, profundo, sinuoso recolector de los caudales de otros menores, es dueño y señor de la mayor parte de las cárcavas de este término. El encuentro de este formidable barranco con el río Tajo es de gran vistosidad. Es como si río y barranco se buscaran, se hubiesen puesto de acuerdo para encontrarse en un punto preciso. Porque el río ha abandonado lo que se supone debía ser su curso normal, corriendo por la llanura que se extiende desde Villandín a la Almanta, y toma otra dirección que parece equivocada, para a continuación adentrarse en terrenos de San Bartolo, bordear riscos hasta cerca del Castellar. Mientras que el barranco pierde poder y se desmorona. El verde oscuro de los árboles aparece de improviso. Es el anuncio de que por ahí, a dos pasos, está el río Tajo, que no se deja ver todavía, o lo impiden los últimos peñascos del barranco, hasta que se está encima, en el extremo -¡cuidado!- de un resbaladizo terraplén. Hay que estirar el cuello para contemplar el silencioso paso del agua. El contraste del color de los últimos salientes dentados del barranco con el del río y su ribera supone un cambio acelerado del paisaje.

Chorro de Villoria
Lo más sensacional es la desembocadura del barranco en el río, vista desde abajo. Lo único que cabe decir es que esa conjunción es el origen de una belleza tan formidable como no la hubiese soñado el más audaz de los artistas. Al coincidir con tanta precisión la dulce sumisión del chorro con lo que tiene de terrible el paso lento, inexorable del río, se cumple un destino. Sólo los caprichos de la naturaleza son capaces de crear un espectáculo tan bello, de tanta serenidad y... tan peligroso. Las vetas blanquecinas del espejuelo, a ambos lados, acompañan a los manchones color de rosa pálido, al verdinegro de las matas que, en lo alto, soportan una sequía abrasadora.

La apertura que dejan las paredes del barranco al echarse en brazos del río descubre una panorámica que permite a la mirada disfrutar, alargarse, perderse, refrescarse vega adelante, hasta más allá de las Artiñuelas, rozando las rayas de Villamanrique de Tajo y de Villarejo de Salvanés.



Cárcava de los Morenos
Esta cárcava, en el barranco de Villoría, merece una atención especial por reunir una serie de cualidades suficientes para causar asombro y retener miradas a distancia. Según el estado del tiempo y las luces del día, puede producir la ilusión de suaves cambios de color.

Cárcava del Charco de las Cabras
Situada en un rincón de barranco de Villoria, se ofrece a cielo abierto, sin ninguna clase de restricción. Al atardecer se cubre de una luz dorada que hace posible la contemplación del magnífico conjunto en todos sus detalles. Por su pared rocosa se desliza una chorrera para ir a depositarse en una balsa rodeada de plantas de diversos grados de verdor. Es una pequeña cascada, que en la época de los grandes calores y escasas lluvias conserva la mínima señal húmeda.



Barranco de la Peñuela

Por su explanada circulan mansos regueros entre matas de lastón y alberdín, cuando las tormentas no se presentan y descargan en él aguaceros que lo anegan y desbordan. El arbolado de su alameda ha sido abrasado por el veneno industrial que viene de lejos, traído por el aire. Es la llamada «lluvia acida», que ha dejado a los árboles reducidos a puros esqueletos -troncos y ramas ennegrecidos-, que se pierden de vista en una perspectiva angustiosa.

Cárcava de Juan Genaro
El barranco de la Peñuela, de apariencia pacífica, con sus pequeños cultivos hortelanos, tiene esta cárcava, que mete el alma en un puño. Rodeada de huércenes (1), con sus pedruscos esquinados y oscuros, se hunde en fantasmales profundidades.

(1) Huercen: Palabra de las más extrañas del vocabulario villarrubiero. Parece ser de origen árabe. Boquete abierto en lo alto de los riscos que bordean el Tajo y que en ocasiones puede alcanzar gran profundidad.

Cueva de Marcelino «Patata»
En este mismo barranco, en medio de la revuelta madeja barranquil, inesperadamente, aparece la cuevecita, a una altura en la que no fuese posible correr peligro cuando la furia de los aguaceros de antaño se desataba y empezaban a circular incontenibles por los mil recovecos del fondo. En relación con ese modesto hortelano, sólo se han salvado del olvido indicios de que fue persona muy reservada y que vivía de lo poco que le daba la venta de sus verduras.



Peligros

A las cárcavas y barrancos, hay que acercarse con mucha cautela, guiados por expertos conocedores de los complicados vericuetos que los rodean. Para aventurarse en tan desmesurado mundo es indispensable contar con su ayuda.
Para decidirse a entrar en los barrancos, convendría disponer de dos pares de ojos: un par, con la mirada puesta en la tierra, adelantándose a ver lo que se pisa y donde se pisa, y el otro par dirigido a lo alto, fijo en el cielo, no fuese a aparecer un nublado de nada que, poco a poco, aumentara de tamaño y cambiara de color. Entonces habría que ponerse en guardia y atender el aviso, salir de allí rápidamente y buscar un sitio lo más elevado posible.

Con referencia a esto, es interesante comentar y poner atención preferente al aspecto humano, a los labradores afectados en el pasado por esos accidentes geológicos, aliados pasivos de las peligrosas lluvias torrenciales cuando se presentan. Sin embargo, por suerte, son contados los percances mortales sufridos. El que se recuerda, ocurrió en el año 1950. Cándido Roldan «Chaparro», al que acompañaba su hijo Anastasio, adivinando lo que se les venía encima, aparejó deprisa y corriendo, y tomó el camino de su casa, a la que nunca llegaría. De pronto fue asaltado por una mole líquida que lo envolvió y se lo engulló, derribándolo de su caballería, para después ser violentamente arrastrados junto con la de su hijo, hacia el río. Hasta que, pasado algún tiempo, no aparecieron los cuerpos de los dos animales, sujetados por las raíces y las ramas caídas que enmarañan las márgenes del Tajo. Así acabó la tremenda historia. Pudo acabar peor. Anastasio consiguió salvarse y dar a su familia la espantosa noticia de lo ocurrido.



Sus nombres

Hay cárcavas que tomaron el nombre de las personas que, de una manera o de otra, tuvieron con ellas algún tipo de trato. La de los Morenos y la de Juan Genaro, ya descritas. Pero hay más. Incluso las hay que tienen dos nombres, como la del Paraíso, que es la misma que la de «Espantalobos». Es éste un extraño conflicto de significados nominales. El placer y el miedo reunidos para dar nombre a una misma cosa. «Espantalobos», cuyo nombre verdadero era el de Antonio Cuesta, tenía un olivar, muy bien labrado, en las laderas del barranco de Villoria, cerca de una cárcava sin nombre conocido, en cuyas inmediaciones hay plantado un árbol del paraíso; un árbol que, en primavera, es una delicia, cuando abren sus miles de flores y desparraman su aroma. Hay que hacer un elogio de la persona que lo plantara, más aún si fue él.
En la cárcava del Paraíso, semioculta por un bosquecilio de hojas verdes muy lustrosas, ese árbol dispone de un pequeño manantial que, aun siendo tan sufrido, que lo soporta todo, le garantiza salir ileso del sofoco veraniego. Se repite la dramática escena de la de Juan Genaro: troncos negruzcos, del color de tizones apagados, desarraigados de los olmos caídos, todos en la misma dirección, que parece se hubiesen puesto de acuerdo para morir en esa postura uniforme, como si intentaran poner barreras a la curiosidad humana en aquel solitario lugar de la Tierra. No se pierde la esperanza de que tanto esplendor de olmos retoñe, como viene ocurriendo en el barranco de la Peñuela, el más afectado por ese parásito conocido por la ciencia con el nada gracioso nombre de "graciosis".

La cárcava Piquera, es otra de las que han pasado dos veces por la pila bautismal, al ser conocida asimismo como cárcava de las Alcuzas.


Nuevas visitas a los barrancos dan como resultado nuevos hallazgos. Son varias las cárcavas que han sido estudiadas emocionalmente, que no científicamente, a alguna de las cuales ni siquiera les ha sido dado nombre. Permanecen ahí desde hace miles, millones de años, solitarias, ignoradas.


Geología, flora y fauna

Los barrancos con menos poderío que el de Villoria se relacionan entre sí, formando una apretada familia de sólidos nudos rocosos, aunque con diferentes estructuras y climas. En el de la Fuente Nueva se reúnen el del pozuelo, el de Valluncar, el de la Peñuela, para acabar dando forma y sentido al de Valdeajuelos que, inevitablemente, va a desembocar en el río, aunque no tan directamente ni con tanta presencia como el de Villoria. En uno de esos barrancos destaca, por su forma y su volumen, un enorme morro, el llamado Cabeza de Fraile, tal vez la parte visible de una cárcava todavía sin catalogar.

La belleza de nuestros barrancos y cárcavas se mantiene semioculta, por lo que es preciso hacer una interpretación favorable de su hosquedad para descubrir lo que tienen de sobrecogedor, de enigmático. Su apariencia no invita a la alegría, y su aspereza puede desilusionar al curioso que se asoma a ellos por primera vez.

Entre los animales que habitan estos inhóspitos parajes está el astuto zorro, liebres y conejos, la perdiz roja, algunos reptiles, el quebrantahuesos y el águila imperial de poderoso vuelo. Queda muy atrás en el tiempo la abundancia de jabalíes, lobos, y hasta ciervos, que subían de la vega. A la vista de tantas formas fantásticas como ha venido esculpiendo en la piedra la erosión del aire y del agua, los hielos y los calores, a lo largo de una millonada de años, no podían faltar ejemplares de una fauna exótica como una leona, cuyo perfil adormecido remata uno de los cerros del barranco de Villoria. Y para gustar los sencillos frutos de la zarzamora o del majuelo, que maduran entre atochas de esparto y cantos de todos los tamaños, hay que arrancarlos de las ramas cubiertas de espinas afiladas como leznas.






Riscos del Soto y Riscos del Molar

Aunque Los Riscos del Molar  ya tienen artículo propio en este blog, es de interés volver a nombrarlos, ya que todos los fenómenos geológicos considerados hasta el momento: barrancos, cárcavas, huércenes, pueden crecer en número si se tienen en cuenta los riscos del Soto y los del Molar, ya en plena ribera. Entre el risco del Nido del Grajo y la ladera Blanca, siempre arrastrando millones de años, se produjo un alzamiento rocoso: el alineamiento de los riscos del Molar.



Muchos accidentes geológicos existentes en el término de Villarrubia dejan el ánimo en suspenso por sus formas, colores, dimensiones, pero estos riscos del Soto y del Molar, que pueden parecer los más insignificantes, son, en realidad, unos de los más misteriosos, de los más inquietantes. Esas formas grisáceas, ariscas, hacen pensar en los acantilados contra los que batiera el oleaje de una laguna salada allí localizada a lo largo de la evolución de la Tierra; una laguna, quizá restos de un mar, cuyas señales más evidentes son las salinas, famosas ya desde la antigüedad, y, posiblemente, hasta minerales como los sedimentos de la thenardita y la glauberita, cuya explotación industrial tanto ha representado para la economía de Villarrubia.






Fuente: 
Libros de Fiestas Patronales 2001-2002-2003
Manuel Fernández Nieto



El Cerro Cabezagorda



Villarrubia no puede presumir de montañas. Pero tiene unos cerros tan bien formados, que algunos parece hayan sido esculpidos por un hábil artista.


En el campo de Villarrubia hay un paraje conocido con el nombre de los Cerrillos. Son una serie de cinco o seis cerritos que se adivinan gredosos, esparteros, que accidentan el paisaje sin dislocarlo. Hay armonía entre ellos, un capricho de la naturaleza. Pero, además algo querrán decir palabras como Platas, Murciélagos, Canónigos, Planeta, Cabezagorda, Lana.

El cerro de la Lana ha sido siempre el más servicial. Cayó en el olvido como tendedero público al sol de las vedijas de lana cardada y lavada que harían más cómodos y saludables los colchones. Sirvió para todo. No importa que hoy, sus pequeñas eras, superpuestas escalonadamente, acabaran ignorando su relación con el pan, y que los humildes cantones de piedra viva se hundieran en la tierra en que fueron abandonados con sus mutilaciones y su inmovilidad. Todavía dan racimos de uva las cepas plantadas en sus laderas más bajas.


El Cabezagorda es lo opuesto a lo que representa el de la Lana. Son cerros próximos territorialmente, pero distantes en fisonomía y en utilidad. El Cabezagorda, todo fantasía, eleva su silueta sobre una amplia base que se remata en tramos de una tierra entre rojiza y cenicienta, el último de los cuales es una extraña corona de pedruscos que, aunque lo sea, no parece natural. Pero ¿quién puedo llevarlos hasta allí, quién pudo subirlos? Unas olivas, que ni crecen ni menguan, siguen la tendencia circular del conjunto, sin más vegetación que valga, a no ser cuatro matojos ralos, cuando tan cerca crecen el tomillo y el espliego.

Al misterio que acompaña a todos los cerros, en éste se añade otro, indefinible, creador de una atmósfera en la que la imaginación encuentra grandes facilidades para expansionarse. Inquietan, esos peñascos de la cima, donde pudieron tener lugar en tiempos remotos prácticas rituales, con o sin sacrificios cruentos.

Un enfoque más inmediato y realista, descubre a un Cabezagorda relacionado con hechos que tanto pueden pertenecer a la leyenda como a la historia. Se ha hablado de la posible presencia en él de un destacamento de tropas extranjeras durante la guerra de la Independencia, antes o después de la batalla de Ocaña de 1809, que se perdió. Los franceses estaban sedientos. Entonces eran invitados a bajar a las cuevas caseras, tan abundantes, donde se les daba a beber todo el vino que querían, hasta que no se tenían de pie, momento que era aprovechado para meterlos de cabeza en las tinajas. Los historiadores ignoraron esta forma de ganar batallas ideada por gentes del siglo pasado a la luz de un candil. La verdad o la falsedad de esta noticia, hay que atribuírsela a las personas que la propagaron: una, de mucha edad, cuyo nombre no se recuerda por los años transcurridos, y otra, de más edad todavía, de quien la primera dijo habérsela oído.

En épocas más recientes, los mozos de una quinta que estaban amenazados de tener que embarcar para ir a la guerra de Cuba, montaron su cuartel general de comilonas y jolgorio en lo alto del cerro insignia. De cuando en cuando, bajaban para recorrer las calles, hacerse dueños de ellas y cantar cantares provocativos de despedida. Subieron pellejos de vino, plantaron una encina que, en vez de dar bellotas amargas, daba jamones, chorizos, gallos, conejos, patas de cordero, que colgaban atadas a las ramas. Así varios días, subiendo y bajando, aproximándose y alejándose de un futuro de males presagios. Al final prendieron fuego a las gavillas de sarmientos sobrantes. Ardió la encina. Una especie de locura se apoderó de la cima del Cabezagorda, cuyas últimas consecuencias se ignoran. Se ignoran porque es un episodio inventado, producto de una de esas noches en las que el sueño está a punto de llegar, pero no llega. Es entonces cuando se mezcla lo que pudo ser y lo que no fue, resultando esas visiones tan extravagantes.

Este cerro, que también podía llamarse Cabezarredonda, admite toda clase de especulaciones y de fantasías, de disparates. Magnífico en su soledad, es como un símbolo de solidez, de firmeza, atrae como un imán de miradas. Desde lo alto se ensanchan horizontes visuales y mentales. Hay que subir, siquiera sea una vez en la vida.



Fuente: Manuel Fernández Nieto
Libro de Fietas Patronales - Año 2000

Manuel Fernández Nieto

Nace el 10 de Febrero de 1921 en Villarrubia de Santiago y fallece un 20 de octubre de 2006.


A los 18 años se tuvo que marchar de Villarrubia por diversas circunstancias de la vida. Residió primero en Madrid durante 3 años, marchándose después a Barcelona para trabajar en una editorial. Desde allí empieza a trabajar en su campo preferido la escritura y de manera singular la historia y la poesía.

Pero él siempre se ha estado acordando de su querido Pueblo, aunque haya sido desde la distancia, él nunca dejaba de escribir para el Libro de la Virgen, además de ser siempre la persona encargada de ser el guionista del Día de Villarrubia de la Semana Cultural, gracias al cual se han recordado las tradiciones de antiguamente, así como hemos recuperado un vocabulario autóctono Villarrubiero, recopilado por él. También fue quien diseñó y escribió el Homenaje por el Centenario de la Banda de Música.

Un cronista para nuestro pueblo, al cual pertenecen y agradezco con estima y admiración, muchos de los artículos que he ido extrayendo y recopilando desde los libros de Fiestas Patronales

Entre sus obras, como no recordar aquí los dos libros escritos por él sobre Villarrubia, sus tradiciones y su historia.
El primero, con motivo del 800 aniversario de la fundación de Villarrubia, celebración que él siempre impulsara y deseara. El Ayuntamiento encargó a Manuel la redacción de un libro sobre la historia villarrubiera. El resultado fue "Comentarios a algunos aspectos sobre la Historia de Villarrubia de Santiago y otros Escritos".


En la XVII Semana Cultural (2004) y celebración del 800 aniversario, fue presentado este libro. Ese día se hizo entrega de placas de reconocimiento tanto a Jesús Pino Garrobo, el cual ejerció de presentador y a la vez prologuista del libro y sobre el cual dedicaré un próximo artículo, como al propio autor Manuel Fernández, del cual transcribo sus palabras de agradecimiento en ese día y lugar:

"Brevemente, para agradecer la concesión de esta placa inmerecida. Digo inmerecida, no por capricho no por falsa modestia, sino porque es lo que siento, la verdad.
El simple hecho, no tan simple, de haber sido elegido para acometer el trabajo de reunir documentación sobre la historia de Villarrubia y ahondar en el recuerdo propio y en el ajeno, de recoger datos de viva voz de los villarrubieros y escribir este libro, eso ya era galardón. ¡Además, lo bien que no lo pasé escribiéndolo! Para mí, todo eso era suficiente.
El honor que esta placa significa no lo considero exclusivamente mío, sino que lo hago extensible a los villarrubieros aquí presentes, tanto como a los ausentes y a los que perdieron la vida, incluidos los integrantes de las doscientas generaciones que han venido sucediéndose a lo largo de estos ocho siglos.
Por estas fechas, más o menos, todos los villarrubieros cumplimos ochocientos años. ¡Felicidades!."




El segundo libro editado en el año 2006, titulado "Paseos de Placer por Villarrubia". También reseñar su colaboración en el libro de fotos sobre Villarrubia, sus costumbres y sus gentes denominado "Un Siglo en Imágenes", editado en 1998 y al cual me referiré también individualmente en un futuro artículo.
Estos tres libros fueron editados en su día por el Ayuntamiento de Villarrubia.


En todo lo que escribió se notaba con claridad el amor que tenía por su pueblo, sus calles, sus gentes, sus tradiciones y como villarrubiero el amor a su Patrona la Virgen del Castellar.

En los 56 años en Barcelona participó en las Charlas-Coloquio como Critico de Arte y amante de la escritura en el Circulo de Bellas Artes de Barcelona "El Ateneo"; conociendo allí a varios Poetas y Escritores, entre los que cabe destacar a D.Rafael Alberti, gran amigo y confidente de nuestro paisano Manuel.

En sus últimos años colaboró como Cronista Cultural en el Periódico "Las voz Cultural de las Islas Baleares".

El 20 de octubre de 2006 regresaba a nuestro pueblo cuando se le avecinó la muerte.
Que este escrito sirva como Homenaje a este gran escritor, cronista y gran amante de Villarrubia de Santiago.











Parajes de mi patria chica




Como el jardín y las flores 
el trabajo es ilusión 
trabajan los labradores 
nuestro campo con pasión.

Haciendo el recorrido 
y lo hago con desvelo 
he visitado y oído 
los parajes de mi pueblo.

Carretera de Colmenar 
van mineros al trabajo 
las minas y el Castellar 
en las orillas del Tajo.

Es la vega de la Almanta 
pasas el puente del Tajo 
el palenque y los valdíos 
finca Biedma y Valdajos.

La Veguilla, Balserón 
Ratiñuelas y Los Pinos 
te bajas a San Bartolo 
con El Soto y El Molino.

La Alberca, la Cuesta Vieja 
las Platas, el Nido el Grajo 
Ladera Blanca, Picozos 
y la vega de Valdajos.

Subimos Valcarrizoso 
Valdajuelos, el Molar 
la Clementa, Arreturas 
Irial Pardo, Valluncal.

Escarderuelas, valiente 
el Cerro del Campanillo 
Boquete el Moro, la Seca 
San Cristóbal, los Cerrillos. 

Casa Blanca, Villandín 
Casa Villalba, Alberdiales 
Barraltamoso, Tres Cuevas 
Corral de los Aguilares.

Peña Blanca, Vallejo Febrero 
Venta Vieja, el Nacimiento 
Cuesta de los ahorcados 
el Campillo, el Hundimiento.

Por la Cueva Colorada 
Senda de los Molineros 
Monte Ocaña, Doña Clara 
Hoyo Mergoso, el Zorrero.

Cañada el Judío, Chozo el Alto 
donde están los Villoteros 
El Olivar de los Tontos 
hasta el Pozo los Plateros.

Las Cañadas y la Dehesa 
rayando los Noblejanos 
Pozo los Hoyos, Pinea 
Casilla el Globo, Huerta Cano.

Somadilla, Pozo Viejo 
Higueral, la Hontanilla 
Vallejo Moral, Corral del Tendero 
la Alameda la Parrilla.

Barranco de Villarrubia 
la Lanza, el Tamujal 
el Río y los Tempranos 
con la Vega de Colmenar.

Bajando los Castilletes 
Vega Biedma, el Sotillo 
subiendo Barrantolín 
estamos en el Pradillo.

Carriles, Cañada Tobosa 
Aguachares, Canalejas 
Cabeza Gorda, la Ermita 
mira al Río, Fuente Vieja.

La Cuesta el Priego, Palacio 
Peñuela, Monte los Machos 
el Zuñigo, la Herradura 
Vandogin, Chozo Calaco.

Villarrubia es una flor 
con todos en compañía 
nuestro honor es el amor 
y nuestras fiestas alegría.

Mi letra no ha sido fina 
ni tampoco mi memoria 
mi trabajo es la mina 
y aquí se acabó esta historia.








Julián Luengo Santiago
Septiembre de 1982 - Libro de Fiestas Patronales