Los peleles


Peleles 1936 - Villarrubia de Santiago

La Fiesta del Judas es una tradición local de algunos pueblos españoles e Ibero Americanos en los que, en distinto día del año dependiendo del lugar; carnaval, 21 de mayo, Semana Santa, etc, se mantea, apedrea, lincha quema un muñeco que representa a Judas Iscariote, por su traición a Cristo.

Peleles 1936

El manteo de Judas es una de esas variaciones de la Fiesta del Judas propia de algunas localidades de Castilla-La Mancha y de otros municipios de España, entre los que se incluye Villarrubia de Santiago y que, en nuestro caso, tiene lugar el Domingo de Resurrección, en Semana Santa.

Peleles 1936

La tradición consiste en elaborar un muñeco, el cual representa a Judas Iscariote.
Se utilizan diversos materiales para su confección: tela, escayola, paja, madera, cántaros de barro, pintura de colores, etc, con forma de hombre (y con algunas partes de su anatomía ciertamente exageradas), representando a Judas, aunque con los años se ha ido derivando a la representación de personajes que protagonizan la actualidad del momento.

Peleles 1960

Antiguamente, el muñeco se colgaba la madrugada del sábado al domingo, después de la Vigilia Pascual,  en ventanas y balcones o esquinas donde se iba a mantear. El domingo por la mañana, generalmente las mujeres, descolgaban al pelele y se pasea manteándolo por el pueblo al ritmo de cánticos y mofas llenas de ironía y picardías, para acabar como trofeo de los jóvenes, un trofeo que, tras la dura lucha por conseguir hacerse con él, se obtenía más o menos desmembrado. Otra variación de su fin, aunque quizás más antigua y que se realiza en otros lugares es la quema o apedreo del pelele.

Peleles 1964

 Por ejemplo, podemos oír la letrilla:

Arriba pelele,
arriba con él.
Su padre le quiere,
su madre también.
Todos le queremos:
¡Arriba con él!,
¡arriba con él!


Aunque durante muchos años se vinculó con los quintos, más tarde ha pasado a ser una tradición mantenida por peñas de jóvenes.

Es de agradecer los esfuerzos por mantener y retomar detalles de estas tradiciones típicas de la localidad,  recuperando nuestra memoria y cultura popular de nuestro pueblo, siendo de gran importancia el trasmitirlas a los más jóvenes.

1935 - Jóvenes en la Calle Serrano, popularmente conocida como calle "la Virgen", 
con lenzón recogido y el pelele envuelto con él.
Imagen publicada en una revista de tirada nacional hace más de 80 años

2016 - Mismos personajes y mismo lugar


 
Año 2018


Curiosidades y definiciones:
En la revista de "Dialectología y Tradiciones Populares", se hace referencia a los Peleles y coplas de carnaval madrileño,

La palabra pelele, según algunos investigadores, puede ser un diminutivo vasco del nombre Pedro. En el País Vasco Francés se conserva Pelele como equivalente de Perico o Pedrito.

Más conocido como pelele en la España de los siglos XVIII, XIX e incluso el siglo XX era el muñeco de paja manteado (tirado hacia arriba con mantas o sábanas) por un grupo de mujeres en forma de chanza durante los carnavales en Madrid y pueblos adyacentes.

El ritual del manteo se sigue repitiendo en nuestras épocas en casi todo occidente como rito de despedida (soltería, egreso, etc) o de iniciación (en una organización, en la escuela, en el ejército).

En tiempos de estos carnavales primitivos (hacia principios del siglo XVIII) se manteaba incluso a curas y se les cantaba una canción en tono de broma:

Debajo de la cama del Señor Cura,
hay un canastillo de confitura.
Los confites más gordos son para el ama
y los más pequeñitos pa' la criada


Otra de las canciones más conocidas, sobre todo en estos últimos tiempos, traída a la memoria en el final de la película Los fantasmas de Goya (dirigida en 2006 por Miloš Forman, protagonizada por Javier Bardem y Natalie Portman):

El pelele está malo ¿qué le daremos?
Una zurra de palos ¡que le matemos!
El pobre pelele, pelen pelela,
se tienta lo suyo, lo tiene arrugao,
le da con el dedo, lo quiere bullir,
el pobre pelele se quiere morir.


En realidad, este canto tiene una notable connotación sexual atribuida a la potencia sexual de los hombres; esta canción era cantada por mujeres mientras manteaban al pelele.

Pelele. Detalle de El Pelele de Goya (Museo del Prado)





Música: Fiesta Manteo del Pelele - Coros y Danzas Mancha Verde (Argamasilla de Alba)

Las primeras pedaladas de Bahamontes



El ganador del Tour de 1959 pasó sus años de infancia en Villarrubia de Santiago. Aquí empezó a trabajar y a demostrar sus habilidades sobre la bicicleta.


Villarrubia de Santiago, uno de los lugares que han marcado la vida de Federico Martín Bahamontes.
Fue donde “El Águila de Toledo” pasó buena parte de su infancia y fue donde comenzó a demostrar su habilidad sobre la bicicleta.

El propio Bahamontes cuenta su vinculación con este pueblo toledano.

“En Villarrubia de Santiago pasé la Guerra y pasamos mucha hambre”.

Fue aquí donde el ganador del Tour de 1959 desempeñó sus primeros trabajos, en los que ayudaba a su familia.

“Mi padre trabajaba rompiendo piedra con un martillo y un señor y yo le ayudábamos con un volquete. Con 11 años ya estaba trabajando. Mi padre echaba tierra y nosotros echábamos piedra con la pala al volquete”. 

En los ratos libres, Bahamontes aprovechaba para correr en bicicleta. Mariano Monzón fue compañero del campeón toledano durante su juventud:

“Corrí con él una vez. Era muy bueno. Había una prueba que salía desde Toledo hacia Madrid para luego volver. Cuando volvimos, él ya estaba dirigiendo la carrera. Desde entonces sabíamos que era un figura sobre la bicicleta”.

Otro compañero de aventuras de Bahamontes en sus inicios como ciclista fue Arsenio Santiago:

“Corría con mucho estilo. Nos escapábamos subiendo a Ocaña, otras veces íbamos a La Guardia, y tirábamos para delante. Entonces, ya demostraba potencial, se desenvolvía bastante bien en la montaña”. 

Por aquél entonces, nadie presagiaba que ese jovencito se convertiría años después en el primer ganador español del Tour de Francia.

Arsenio: “Ni él ni nosotros pensábamos que llegaría tan alto como llegó. Entonces era un simple aficionado, como los demás. Era un poco mayor que nosotros, y se metió a profesional cuando fue al título de Barcelona y desde entonces, fue para arriba”.


Imagen de Federico Martín Bahamontes con sus amigos de la infancia Arsenio y Mariano (A su derecha y a su izquierda respectivamente)
Esta fotografía fue tomada en Villarrubia, en meta de etapa Vuelta a Toledo 2015. En la línea de llegada, Bahamontes se reencuentra con Mariano y con Arsenio. Mientras supervisaba que todo lo relacionado con la carrera estaba en orden, aprovechó para saludarles, hablar con ellos e incluso posa para una foto delante de la cámara. Mientras, Mariano y Arsenio sí pueden contar que ellos rodaron en bicicleta con otro joven llamado Federico Martín Bahamontes. Años más tarde, su compañero de aventuras se convertiría en el primer vencedor español en el Tour de Francia.


Cincuenta y ocho inviernos después de ganar el Tour de Francia, Federico Martín Bahamontes recibe cartas de admiradores que han vivido tanto como él. Tiene 88 años y una historia detrás de cada palabra. Desde hace unos días, desde que murió Roger Walkowiak, el «Águila de Toledo» es el decano de todos los vencedores del Tour de Francia, la carrera que conquistó en 1959 y que lo convirtió en pionero para España. Bahamontes representa un viaje al centro de la vida, al pasado de un país, a la guerra, el hambre y el deporte que se practicaba por rabia y honor. Un embajador del ciclismo y del Tour.


Muestra unas fotografías y comenta:
«Ese que está ahí era mi abuelo, el lechuga. Y esos de allá, mi padre, Julián, y mi madre, Victoria». 
«Yo me dedicaba al estraperlo. Bajaba a Torrijos a por pan y harina, y a Gálvez a por garbanzos. Hacía todos los días 60 o 70 kilómetros cargado de mercancía con la vieja bicicleta de mi padre. La Guardia Civil se apostaba a los lados de los caminos y nos cogía todo. Había que estar vivo. Nos avisábamos entre nosotros como se avisan ahora los conductores con las luces. Compraba a dos pesetas y mi madre vendía a cinco».

 «Yo pasé hambre, muchísima hambre. Por eso me hice ciclista».

Un niño con ocho años en un país en guerra que lo rememora todo como si hubiese sucedido ayer.

«Cuando estalló la guerra nos fuimos andando desde Toledo hasta la Ciudad Universitaria en Madrid. Allí vivimos durante una semana debajo de una lona. Una tía mía nos acogió en O’Donnell y allí nos quedamos un año. Pero no había comida. Siempre teníamos hambre. Nos fuimos a Villarrubia de Santiago y allí pasamos la guerra».

«En Villarrubia mi padre machacaba piedras para hacer carreteras, como en esas películas de los presos, y yo me puse a trabajar con doce años. Era muy fácil: yo iba con un volquete y arrojaba las piedras para que mi padre y otros las machacasen».

«Mi familia quería volver a Toledo y compramos un carro y una mula, a la que llamamos “Andaluza” porque era muy elegante. Mi padre pensaba que las mujeres andaluzas eran las más elegantes. Paramos en Aranjuez y no teníamos ni un duro. Pero lo que se dice ni un duro», relata mientras hace el gesto de las dos velas que bajan por los costados de la nariz.

«No teníamos nada para comer. En Aranjuez cogí un azadón y me puse a escarbar entre los escombros. Allí me encontré unos reales y fue como un milagro. Nos dimos un festival de comida en Aranjuez. Arenques, tomates, espárragos…».

¿Y nada de carne?, vuela la pregunta

«¿Carne? -ríe y gesticula-:
"La carne que comíamos eran los gatos que yo cazaba por las noches con un tirachinas o con palos. Comíamos gatos, pasábamos mucha hambre».

"Robaba dinero a mi madre porque quería un balón de fútbol. Formé un equipo. Compré mi primera bici a un herrero por 150 pesetas. Estaba colgada en un gancho de la fragua y no tenía cambios. Me apunté a una carrera en Toledo y gané».

El ciclista que hurgaba en los sacos de almendras con una navaja o sustraía naranjas para comer, pronto se convirtió en una sensación para esa época de decadencia y penurias. Sin medios para ejercer su nueva profesión, Bahamontes se trasladaba de Madrid a Mieres en la bicicleta del herrero para concursar en la Vuelta a Asturias. En 1954 el seleccionador de ciclismo Julián Berrendero le reclamó para correr el Tour de Francia.
«Le pedí permiso a mi madre, a la que siempre hablaba de usted».

Bahamontes siempre fue un tipo singular, único, propenso al exceso.
«Recuerdo que en el Tour nos afeitábamos con vino blanco. Echábamos una peste… También me acuerdo de que en los primeros Tours que corrí me agarraba cada pájara. Era tremendo. Tenía el vicio de querer ganar y me olvidaba de comer».

Bahamontes compitió seis veces en el Tour (1954, 1958, 1959, 1962, 1963 y 1964), siempre logró el reinado de la montaña y conquistó siete etapas.

«Mi truco en el Tour era almorzar en la habitación. Yo podía pasarme sin comer porque lo había hecho antes, de chaval. Los demás se zampaban un bistec y arroz, pero yo sabía que tenía que comer poco para subir ligero. Y solo tomaba cinco galletas María y un té antes de las etapas»





Fuentes: abc.es y as.com

Cárcavas y Barrancos


 

 
Son esos lugares extraños, misteriosos, donde se concentran fuerzas de la naturaleza desencadenadas. Los diluvios que en el pasado corrían impetuosos por las hondonadas, dejaron al descubierto las rocas firmes, llevándose por delante, una y mil veces, masas de materiales de fácil disolución y arrastre.
En Villarrubia abundan estos formidables accidentes, los barrancos, que, junto a los riscos y cerros configuran un paisaje reseco, del color pálido de la luna en sus fases más descoloridas.

El barranco de Villoria

El barranco de los barrancos, ancho, largo, profundo, sinuoso recolector de los caudales de otros menores, es dueño y señor de la mayor parte de las cárcavas de este término. El encuentro de este formidable barranco con el río Tajo es de gran vistosidad. Es como si río y barranco se buscaran, se hubiesen puesto de acuerdo para encontrarse en un punto preciso. Porque el río ha abandonado lo que se supone debía ser su curso normal, corriendo por la llanura que se extiende desde Villandín a la Almanta, y toma otra dirección que parece equivocada, para a continuación adentrarse en terrenos de San Bartolo, bordear riscos hasta cerca del Castellar. Mientras que el barranco pierde poder y se desmorona. El verde oscuro de los árboles aparece de improviso. Es el anuncio de que por ahí, a dos pasos, está el río Tajo, que no se deja ver todavía, o lo impiden los últimos peñascos del barranco, hasta que se está encima, en el extremo -¡cuidado!- de un resbaladizo terraplén. Hay que estirar el cuello para contemplar el silencioso paso del agua. El contraste del color de los últimos salientes dentados del barranco con el del río y su ribera supone un cambio acelerado del paisaje.

Chorro de Villoria
Lo más sensacional es la desembocadura del barranco en el río, vista desde abajo. Lo único que cabe decir es que esa conjunción es el origen de una belleza tan formidable como no la hubiese soñado el más audaz de los artistas. Al coincidir con tanta precisión la dulce sumisión del chorro con lo que tiene de terrible el paso lento, inexorable del río, se cumple un destino. Sólo los caprichos de la naturaleza son capaces de crear un espectáculo tan bello, de tanta serenidad y... tan peligroso. Las vetas blanquecinas del espejuelo, a ambos lados, acompañan a los manchones color de rosa pálido, al verdinegro de las matas que, en lo alto, soportan una sequía abrasadora.

La apertura que dejan las paredes del barranco al echarse en brazos del río descubre una panorámica que permite a la mirada disfrutar, alargarse, perderse, refrescarse vega adelante, hasta más allá de las Artiñuelas, rozando las rayas de Villamanrique de Tajo y de Villarejo de Salvanés.



Cárcava de los Morenos
Esta cárcava, en el barranco de Villoría, merece una atención especial por reunir una serie de cualidades suficientes para causar asombro y retener miradas a distancia. Según el estado del tiempo y las luces del día, puede producir la ilusión de suaves cambios de color.

Cárcava del Charco de las Cabras
Situada en un rincón de barranco de Villoria, se ofrece a cielo abierto, sin ninguna clase de restricción. Al atardecer se cubre de una luz dorada que hace posible la contemplación del magnífico conjunto en todos sus detalles. Por su pared rocosa se desliza una chorrera para ir a depositarse en una balsa rodeada de plantas de diversos grados de verdor. Es una pequeña cascada, que en la época de los grandes calores y escasas lluvias conserva la mínima señal húmeda.



Barranco de la Peñuela

Por su explanada circulan mansos regueros entre matas de lastón y alberdín, cuando las tormentas no se presentan y descargan en él aguaceros que lo anegan y desbordan. El arbolado de su alameda ha sido abrasado por el veneno industrial que viene de lejos, traído por el aire. Es la llamada «lluvia acida», que ha dejado a los árboles reducidos a puros esqueletos -troncos y ramas ennegrecidos-, que se pierden de vista en una perspectiva angustiosa.

Cárcava de Juan Genaro
El barranco de la Peñuela, de apariencia pacífica, con sus pequeños cultivos hortelanos, tiene esta cárcava, que mete el alma en un puño. Rodeada de huércenes (1), con sus pedruscos esquinados y oscuros, se hunde en fantasmales profundidades.

(1) Huercen: Palabra de las más extrañas del vocabulario villarrubiero. Parece ser de origen árabe. Boquete abierto en lo alto de los riscos que bordean el Tajo y que en ocasiones puede alcanzar gran profundidad.

Cueva de Marcelino «Patata»
En este mismo barranco, en medio de la revuelta madeja barranquil, inesperadamente, aparece la cuevecita, a una altura en la que no fuese posible correr peligro cuando la furia de los aguaceros de antaño se desataba y empezaban a circular incontenibles por los mil recovecos del fondo. En relación con ese modesto hortelano, sólo se han salvado del olvido indicios de que fue persona muy reservada y que vivía de lo poco que le daba la venta de sus verduras.



Peligros

A las cárcavas y barrancos, hay que acercarse con mucha cautela, guiados por expertos conocedores de los complicados vericuetos que los rodean. Para aventurarse en tan desmesurado mundo es indispensable contar con su ayuda.
Para decidirse a entrar en los barrancos, convendría disponer de dos pares de ojos: un par, con la mirada puesta en la tierra, adelantándose a ver lo que se pisa y donde se pisa, y el otro par dirigido a lo alto, fijo en el cielo, no fuese a aparecer un nublado de nada que, poco a poco, aumentara de tamaño y cambiara de color. Entonces habría que ponerse en guardia y atender el aviso, salir de allí rápidamente y buscar un sitio lo más elevado posible.

Con referencia a esto, es interesante comentar y poner atención preferente al aspecto humano, a los labradores afectados en el pasado por esos accidentes geológicos, aliados pasivos de las peligrosas lluvias torrenciales cuando se presentan. Sin embargo, por suerte, son contados los percances mortales sufridos. El que se recuerda, ocurrió en el año 1950. Cándido Roldan «Chaparro», al que acompañaba su hijo Anastasio, adivinando lo que se les venía encima, aparejó deprisa y corriendo, y tomó el camino de su casa, a la que nunca llegaría. De pronto fue asaltado por una mole líquida que lo envolvió y se lo engulló, derribándolo de su caballería, para después ser violentamente arrastrados junto con la de su hijo, hacia el río. Hasta que, pasado algún tiempo, no aparecieron los cuerpos de los dos animales, sujetados por las raíces y las ramas caídas que enmarañan las márgenes del Tajo. Así acabó la tremenda historia. Pudo acabar peor. Anastasio consiguió salvarse y dar a su familia la espantosa noticia de lo ocurrido.



Sus nombres

Hay cárcavas que tomaron el nombre de las personas que, de una manera o de otra, tuvieron con ellas algún tipo de trato. La de los Morenos y la de Juan Genaro, ya descritas. Pero hay más. Incluso las hay que tienen dos nombres, como la del Paraíso, que es la misma que la de «Espantalobos». Es éste un extraño conflicto de significados nominales. El placer y el miedo reunidos para dar nombre a una misma cosa. «Espantalobos», cuyo nombre verdadero era el de Antonio Cuesta, tenía un olivar, muy bien labrado, en las laderas del barranco de Villoria, cerca de una cárcava sin nombre conocido, en cuyas inmediaciones hay plantado un árbol del paraíso; un árbol que, en primavera, es una delicia, cuando abren sus miles de flores y desparraman su aroma. Hay que hacer un elogio de la persona que lo plantara, más aún si fue él.
En la cárcava del Paraíso, semioculta por un bosquecilio de hojas verdes muy lustrosas, ese árbol dispone de un pequeño manantial que, aun siendo tan sufrido, que lo soporta todo, le garantiza salir ileso del sofoco veraniego. Se repite la dramática escena de la de Juan Genaro: troncos negruzcos, del color de tizones apagados, desarraigados de los olmos caídos, todos en la misma dirección, que parece se hubiesen puesto de acuerdo para morir en esa postura uniforme, como si intentaran poner barreras a la curiosidad humana en aquel solitario lugar de la Tierra. No se pierde la esperanza de que tanto esplendor de olmos retoñe, como viene ocurriendo en el barranco de la Peñuela, el más afectado por ese parásito conocido por la ciencia con el nada gracioso nombre de "graciosis".

La cárcava Piquera, es otra de las que han pasado dos veces por la pila bautismal, al ser conocida asimismo como cárcava de las Alcuzas.


Nuevas visitas a los barrancos dan como resultado nuevos hallazgos. Son varias las cárcavas que han sido estudiadas emocionalmente, que no científicamente, a alguna de las cuales ni siquiera les ha sido dado nombre. Permanecen ahí desde hace miles, millones de años, solitarias, ignoradas.


Geología, flora y fauna

Los barrancos con menos poderío que el de Villoria se relacionan entre sí, formando una apretada familia de sólidos nudos rocosos, aunque con diferentes estructuras y climas. En el de la Fuente Nueva se reúnen el del pozuelo, el de Valluncar, el de la Peñuela, para acabar dando forma y sentido al de Valdeajuelos que, inevitablemente, va a desembocar en el río, aunque no tan directamente ni con tanta presencia como el de Villoria. En uno de esos barrancos destaca, por su forma y su volumen, un enorme morro, el llamado Cabeza de Fraile, tal vez la parte visible de una cárcava todavía sin catalogar.

La belleza de nuestros barrancos y cárcavas se mantiene semioculta, por lo que es preciso hacer una interpretación favorable de su hosquedad para descubrir lo que tienen de sobrecogedor, de enigmático. Su apariencia no invita a la alegría, y su aspereza puede desilusionar al curioso que se asoma a ellos por primera vez.

Entre los animales que habitan estos inhóspitos parajes está el astuto zorro, liebres y conejos, la perdiz roja, algunos reptiles, el quebrantahuesos y el águila imperial de poderoso vuelo. Queda muy atrás en el tiempo la abundancia de jabalíes, lobos, y hasta ciervos, que subían de la vega. A la vista de tantas formas fantásticas como ha venido esculpiendo en la piedra la erosión del aire y del agua, los hielos y los calores, a lo largo de una millonada de años, no podían faltar ejemplares de una fauna exótica como una leona, cuyo perfil adormecido remata uno de los cerros del barranco de Villoria. Y para gustar los sencillos frutos de la zarzamora o del majuelo, que maduran entre atochas de esparto y cantos de todos los tamaños, hay que arrancarlos de las ramas cubiertas de espinas afiladas como leznas.






Riscos del Soto y Riscos del Molar

Aunque Los Riscos del Molar  ya tienen artículo propio en este blog, es de interés volver a nombrarlos, ya que todos los fenómenos geológicos considerados hasta el momento: barrancos, cárcavas, huércenes, pueden crecer en número si se tienen en cuenta los riscos del Soto y los del Molar, ya en plena ribera. Entre el risco del Nido del Grajo y la ladera Blanca, siempre arrastrando millones de años, se produjo un alzamiento rocoso: el alineamiento de los riscos del Molar.



Muchos accidentes geológicos existentes en el término de Villarrubia dejan el ánimo en suspenso por sus formas, colores, dimensiones, pero estos riscos del Soto y del Molar, que pueden parecer los más insignificantes, son, en realidad, unos de los más misteriosos, de los más inquietantes. Esas formas grisáceas, ariscas, hacen pensar en los acantilados contra los que batiera el oleaje de una laguna salada allí localizada a lo largo de la evolución de la Tierra; una laguna, quizá restos de un mar, cuyas señales más evidentes son las salinas, famosas ya desde la antigüedad, y, posiblemente, hasta minerales como los sedimentos de la thenardita y la glauberita, cuya explotación industrial tanto ha representado para la economía de Villarrubia.






Fuente: 
Libros de Fiestas Patronales 2001-2002-2003
Manuel Fernández Nieto




El Cerro Cabezagorda


Villarrubia no puede presumir de montañas. Pero tiene unos cerros tan bien formados, que algunos parece hayan sido esculpidos por un hábil artista.


En el campo de Villarrubia hay un paraje conocido con el nombre de los Cerrillos. Son una serie de cinco o seis cerritos que se adivinan gredosos, esparteros, que accidentan el paisaje sin dislocarlo. Hay armonía entre ellos, un capricho de la naturaleza. Pero, además algo querrán decir palabras como Platas, Murciélagos, Canónigos, Planeta, Cabezagorda, Lana.

El cerro de la Lana ha sido siempre el más servicial. Cayó en el olvido como tendedero público al sol de las vedijas de lana cardada y lavada que harían más cómodos y saludables los colchones. Sirvió para todo. No importa que hoy, sus pequeñas eras, superpuestas escalonadamente, acabaran ignorando su relación con el pan, y que los humildes cantones de piedra viva se hundieran en la tierra en que fueron abandonados con sus mutilaciones y su inmovilidad. Todavía dan racimos de uva las cepas plantadas en sus laderas más bajas.


El Cabezagorda es lo opuesto a lo que representa el de la Lana. Son cerros próximos territorialmente, pero distantes en fisonomía y en utilidad. El Cabezagorda, todo fantasía, eleva su silueta sobre una amplia base que se remata en tramos de una tierra entre rojiza y cenicienta, el último de los cuales es una extraña corona de pedruscos que, aunque lo sea, no parece natural. Pero ¿quién puedo llevarlos hasta allí, quién pudo subirlos? Unas olivas, que ni crecen ni menguan, siguen la tendencia circular del conjunto, sin más vegetación que valga, a no ser cuatro matojos ralos, cuando tan cerca crecen el tomillo y el espliego.

Al misterio que acompaña a todos los cerros, en éste se añade otro, indefinible, creador de una atmósfera en la que la imaginación encuentra grandes facilidades para expansionarse. Inquietan, esos peñascos de la cima, donde pudieron tener lugar en tiempos remotos prácticas rituales, con o sin sacrificios cruentos.

Un enfoque más inmediato y realista, descubre a un Cabezagorda relacionado con hechos que tanto pueden pertenecer a la leyenda como a la historia. Se ha hablado de la posible presencia en él de un destacamento de tropas extranjeras durante la guerra de la Independencia, antes o después de la batalla de Ocaña de 1809, que se perdió. Los franceses estaban sedientos. Entonces eran invitados a bajar a las cuevas caseras, tan abundantes, donde se les daba a beber todo el vino que querían, hasta que no se tenían de pie, momento que era aprovechado para meterlos de cabeza en las tinajas. Los historiadores ignoraron esta forma de ganar batallas ideada por gentes del siglo pasado a la luz de un candil. La verdad o la falsedad de esta noticia, hay que atribuírsela a las personas que la propagaron: una, de mucha edad, cuyo nombre no se recuerda por los años transcurridos, y otra, de más edad todavía, de quien la primera dijo habérsela oído.

En épocas más recientes, los mozos de una quinta que estaban amenazados de tener que embarcar para ir a la guerra de Cuba, montaron su cuartel general de comilonas y jolgorio en lo alto del cerro insignia. De cuando en cuando, bajaban para recorrer las calles, hacerse dueños de ellas y cantar cantares provocativos de despedida. Subieron pellejos de vino, plantaron una encina que, en vez de dar bellotas amargas, daba jamones, chorizos, gallos, conejos, patas de cordero, que colgaban atadas a las ramas. Así varios días, subiendo y bajando, aproximándose y alejándose de un futuro de males presagios. Al final prendieron fuego a las gavillas de sarmientos sobrantes. Ardió la encina. Una especie de locura se apoderó de la cima del Cabezagorda, cuyas últimas consecuencias se ignoran. Se ignoran porque es un episodio inventado, producto de una de esas noches en las que el sueño está a punto de llegar, pero no llega. Es entonces cuando se mezcla lo que pudo ser y lo que no fue, resultando esas visiones tan extravagantes.

Este cerro, que también podía llamarse Cabezarredonda, admite toda clase de especulaciones y de fantasías, de disparates. Magnífico en su soledad, es como un símbolo de solidez, de firmeza, atrae como un imán de miradas. Desde lo alto se ensanchan horizontes visuales y mentales. Hay que subir, siquiera sea una vez en la vida.


Fuente: Manuel Fernández Nieto
Libro de Fietas Patronales - Año 2000

Manuel Fernández Nieto

Nace el 10 de Febrero de 1921 en Villarrubia de Santiago y fallece un 20 de octubre de 2006.


A los 18 años se tuvo que marchar de Villarrubia por diversas circunstancias de la vida. Residió primero en Madrid durante 3 años, marchándose después a Barcelona para trabajar en una editorial. Desde allí empieza a trabajar en su campo preferido la escritura y de manera singular la historia y la poesía.

Pero él siempre se ha estado acordando de su querido Pueblo, aunque haya sido desde la distancia, él nunca dejaba de escribir para el Libro de la Virgen, además de ser siempre la persona encargada de ser el guionista del Día de Villarrubia de la Semana Cultural, gracias al cual se han recordado las tradiciones de antiguamente, así como hemos recuperado un vocabulario autóctono Villarrubiero, recopilado por él. También fue quien diseñó y escribió el Homenaje por el Centenario de la Banda de Música.

Un cronista para nuestro pueblo, al cual pertenecen y agradezco con estima y admiración, muchos de los artículos que he ido extrayendo y recopilando desde los libros de Fiestas Patronales

Entre sus obras, como no recordar aquí los dos libros escritos por él sobre Villarrubia, sus tradiciones y su historia.
El primero, con motivo del 800 aniversario de la fundación de Villarrubia, celebración que él siempre impulsara y deseara. El Ayuntamiento encargó a Manuel la redacción de un libro sobre la historia villarrubiera. El resultado fue "Comentarios a algunos aspectos sobre la Historia de Villarrubia de Santiago y otros Escritos".


En la XVII Semana Cultural (2004) y celebración del 800 aniversario, fue presentado este libro. Ese día se hizo entrega de placas de reconocimiento tanto a Jesús Pino Garrobo, el cual ejerció de presentador y a la vez prologuista del libro y sobre el cual dedicaré un próximo artículo, como al propio autor Manuel Fernández, del cual transcribo sus palabras de agradecimiento en ese día y lugar:

"Brevemente, para agradecer la concesión de esta placa inmerecida. Digo inmerecida, no por capricho no por falsa modestia, sino porque es lo que siento, la verdad.
El simple hecho, no tan simple, de haber sido elegido para acometer el trabajo de reunir documentación sobre la historia de Villarrubia y ahondar en el recuerdo propio y en el ajeno, de recoger datos de viva voz de los villarrubieros y escribir este libro, eso ya era galardón. ¡Además, lo bien que no lo pasé escribiéndolo! Para mí, todo eso era suficiente.
El honor que esta placa significa no lo considero exclusivamente mío, sino que lo hago extensible a los villarrubieros aquí presentes, tanto como a los ausentes y a los que perdieron la vida, incluidos los integrantes de las doscientas generaciones que han venido sucediéndose a lo largo de estos ocho siglos.
Por estas fechas, más o menos, todos los villarrubieros cumplimos ochocientos años. ¡Felicidades!."




El segundo libro editado en el año 2006, titulado "Paseos de Placer por Villarrubia". También reseñar su colaboración en el libro de fotos sobre Villarrubia, sus costumbres y sus gentes denominado "Un Siglo en Imágenes", editado en 1998 y al cual me referiré también individualmente en un futuro artículo.
Estos tres libros fueron editados en su día por el Ayuntamiento de Villarrubia.


En todo lo que escribió se notaba con claridad el amor que tenía por su pueblo, sus calles, sus gentes, sus tradiciones y como villarrubiero el amor a su Patrona la Virgen del Castellar.

En los 56 años en Barcelona participó en las Charlas-Coloquio como Critico de Arte y amante de la escritura en el Circulo de Bellas Artes de Barcelona "El Ateneo"; conociendo allí a varios Poetas y Escritores, entre los que cabe destacar a D.Rafael Alberti, gran amigo y confidente de nuestro paisano Manuel.

En sus últimos años colaboró como Cronista Cultural en el Periódico "Las voz Cultural de las Islas Baleares".

El 20 de octubre de 2006 regresaba a nuestro pueblo cuando se le avecinó la muerte.
Que este escrito sirva como Homenaje a este gran escritor, cronista y gran amante de Villarrubia de Santiago.



Música: 1920s, 30s, 40s Swing & Jazz







Parajes de mi patria chica


Como el jardín y las flores 
el trabajo es ilusión 
trabajan los labradores 
nuestro campo con pasión.

Haciendo el recorrido 
y lo hago con desvelo 
he visitado y oído 
los parajes de mi pueblo.

Carretera de Colmenar 
van mineros al trabajo 
las minas y el Castellar 
en las orillas del Tajo.

Es la vega de la Almanta 
pasas el puente del Tajo 
el palenque y los valdíos 
finca Biedma y Valdajos.

La Veguilla, Balserón 
Ratiñuelas y Los Pinos 
te bajas a San Bartolo 
con El Soto y El Molino.

La Alberca, la Cuesta Vieja 
las Platas, el Nido el Grajo 
Ladera Blanca, Picozos 
y la vega de Valdajos.

Subimos Valcarrizoso 
Valdajuelos, el Molar 
la Clementa, Arreturas 
Irial Pardo, Valluncal.

Escarderuelas, valiente 
el Cerro del Campanillo 
Boquete el Moro, la Seca 
San Cristóbal, los Cerrillos. 

Casa Blanca, Villandín 
Casa Villalba, Alberdiales 
Barraltamoso, Tres Cuevas 
Corral de los Aguilares.

Peña Blanca, Vallejo Febrero 
Venta Vieja, el Nacimiento 
Cuesta de los ahorcados 
el Campillo, el Hundimiento.

Por la Cueva Colorada 
Senda de los Molineros 
Monte Ocaña, Doña Clara 
Hoyo Mergoso, el Zorrero.

Cañada el Judío, Chozo el Alto 
donde están los Villoteros 
El Olivar de los Tontos 
hasta el Pozo los Plateros.

Las Cañadas y la Dehesa 
rayando los Noblejanos 
Pozo los Hoyos, Pinea 
Casilla el Globo, Huerta Cano.

Somadilla, Pozo Viejo 
Higueral, la Hontanilla 
Vallejo Moral, Corral del Tendero 
la Alameda la Parrilla.

Barranco de Villarrubia 
la Lanza, el Tamujal 
el Río y los Tempranos 
con la Vega de Colmenar.

Bajando los Castilletes 
Vega Biedma, el Sotillo 
subiendo Barrantolín 
estamos en el Pradillo.

Carriles, Cañada Tobosa 
Aguachares, Canalejas 
Cabeza Gorda, la Ermita 
mira al Río, Fuente Vieja.

La Cuesta el Priego, Palacio 
Peñuela, Monte los Machos 
el Zuñigo, la Herradura 
Vandogin, Chozo Calaco.

Villarrubia es una flor 
con todos en compañía 
nuestro honor es el amor 
y nuestras fiestas alegría.

Mi letra no ha sido fina 
ni tampoco mi memoria 
mi trabajo es la mina 
y aquí se acabó esta historia.



Julián Luengo Santiago
Septiembre de 1982 - Libro de Fiestas Patronales


Familia Enríquez y Carvajal




Nobleza de Villarrubia de Santiago y personas importantes en la larga historia de nuestro pueblo. Estas familias de aristócratas se codeaban con las más altas esferas, considerándoselas personas de confianza afines a sus majestades los Reyes, cual fueran en su momento.

Don Manuel Enríquez y Luque, VII marqués de Villacastel de Carriás, nace un 28 de Enero de 1861. Hijo de Don Manuel Enríquez y Sequera (Aranjuez) y de Doña María del Carmen Luque y Patiño (Cabra), prima hermana del Marqués de la Corona, de la cual hereda título nobiliario.

Don Manuel contrae matrimonio con Doña Maria Josefa de Carvajal y Saavedra un 16 de noviembre de 1887 y de esta unión nacen cinco hijos: María de la Asunción (1888), Manuel (1890), Luisa (1893), María del Carmen (1895) y María de los Milagros (1897).


Doña Josefa muere a temprana edad, María del Carmen, nuestra protagonista principal, contaba entonces con trece años, haciéndose cargo de los cuidados de ella y de sus hermanos la madre de Don Manuel, doña María del Carmen Luque.

Cuando la familia venía a Villarrubia se alojaban en la casa de la calle el Cristo n° 38, en frente de "el tío Carralero".

Todavía hay personas en el pueblo que recuerdan oír contar como salían de esta casona para ir a misa a Doña Carmen con toda la prole de nietos.

Don José Fernando de Carvajal-Vargas y de Queralt, III Duque de San Carlos y su esposa doña Asunción Patiño Carrasco, hermana del Marqués de la Corona, eran los propietarios de esta casa-palacio, done hoy en día todavía existe una llave en una puerta interior supuestamente de entrada a una capilla que tiene gravadas las iniciales S.C.

III Duque de San Carlos

El escudo que luce en la parte de arriba de la puerta principal no se sabe a quién puede pertenecer, pero si es cierto que todos sus símbolos se refieren a una persona con condición de héroe, generoso y grandeza.

El actual Duque de San Carlos no tiene ningún tipo de información de que este edificio perteneciera a su familia en algún momento, "este matrimonio eran tíos de la "duquesa" por parte de los cónyuges. Posiblemente esta casa palacio fuera propiedad de la familia de los Marques de la Corona".

Doña María de la Asunción Enríquez Carvajal, VII Marquesa de Villacastel, hermana mayor de Carmen, la cual heredera esta casa, junto a su marido don Jacobo González Arnao, Marqués de Casa Arnao y Caballero del Cuerpo Colegiado de la Nobleza de Madrid, pasados unos años venden una parte de la casa a la Asociación Cultural y Deportiva, "La Fraternidad" y el resto a don Julián Sánchez-Escribano. Esto sucedía el 15 de Mayo de 1925.

María de la Anunciación González-Arnao y Enríquez, hija de la VII Marquesa de Villacastel con niñas del pueblo.


Doña Carmen Enríquez y Carvajal, "la duquesa" era aquella señora que llevaba pantalones ,¡pantalones de flores! o de montar con sus botas y el resto del atuendo a juego, cuando en el pueblo a ninguna mujer se la pasaba siquiera por la imaginación ponerse alguna prenda parecida.

El titulo con el que conocemos a doña Carmen "la duquesa", no es real, ya que ella no poseía título alguno, este era solo un apodo puesto cariñosamente por los villarrubieros, debido a su relación tan estrecha con sus tíos los Duques de San Carlos.

Casi se consideraba un evento cuando la "duquesa" visitaba Villarrubia. Le gustaba ir al bar "El Pombo" a tomarse su café acompañado de su palomita de anís, mientras tranquilamente leía el periódico fumándose sus cigarrillos Peninsulares.

Su residencia oficial la tenía en Madrid en la calle Barquillo n°11, esta calle está situada en lo que se llama la zona noble de la capital, cerca de la Plaza del Rey, en un bonito edificio señorial, donde también vivió el famoso político don Joaquín Costa, tiempo atrás residió en la pensión Habana, ubicada en la Carrera de San Jerónimo, Madrid.


Todas las personas que conocieron a doña Carmen la describen como una mujer solitaria, a la que no la importaban las reglas y normas marcadas por la sociedad de aquellos años del puritanismo.

Ella vivía en su mundo, mundo que para muchas personas era casi motivo de rebeldía. La "duquesa" cuando estaba en el pueblo tenía a su servicio a la "tía Conce la Lobita". A doña Carmen la encantaba sentarse delante del fogón en casa de la "tía Conce", contemplando en silencio como ardían los tarugos de leña lentamente, en algunas ocasiones la invitaba a comer, accediendo encantada a compartir el escaso guiso que cocía en el puchero al calor de las ascuas. El salario que esta buena mujer percibía por sus servicios y detalles era de dos pesetas mensuales.

A la también hermana de Carmen, Doña Luisa igualmente se la recuerda en Villarrubia. Fue madre superiora en un convento de los Sagrados Corazones de Jesús en Madrid, ella más joven que doña Carmen se encargaba de su bien estar los últimos años de su vida.

Doña Carmen Enríquez y Carvajal, fue encontrada cadáver en condiciones lamentables en su casa de la calle el Cristo n°38 el día 28 -12 -1976 a las 12 horas, siendo enterrada en el cementerio de San Justo en Madrid.



Durante la búsqueda de información para utilizar e intentar ampliar/documentar este artículo, me encontré con un muy curioso detalle. En la página 138 del libro "Los descendientes de Cristobal Colón - de Rafael Nieto y Cortadellas (1952)", podéis encontrar un poco más información tanto de de la familia Enríquez y Carvajal, como del resto de la genealogía.

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Fuente principal: Libro de Fiestas Patronales 2012.

Música: Vals Poético (Felipe Villanueva) - James Pullés, piano


Comendadores de la Encomienda de Biedma




DON RODRIGO MANRIQUE DE LARA.- Fue muchos años Comendador de Biedma desde el 4 de Enero de 1531. El 27 de Marzo de 1541 le dio facultad Carlos V para arrendar sus frutos. Pero este mismo año falleció. Hay una provisión de S.M. dada en Madrid el 11 de Noviembre para que se acudiese con la cama y vestidos de este Comendador a los hospitales de las tiendas y Villasirga. Su muerte fue ocasionada por una herida que recibió en Villa Palacios, lugar del Conde de Paredes, su sobrino, y yace en la capilla mayor de esta villa.

DON LUIS SARMIENTO DE MENDOZA.

DON GASPAR SOLER MARRADAS.- Virrey y Capitán general de Mallorca, Lugarteniente de Tesorero de la Real Audiencia de Valencia, Comendador de Biedma en la orden de Santiago, parece que tuvo esta Encomienda hasta el año 1571, ya que el 21 de Abril ya estaba vacante por su fallecimiento. Carlos V le había hecho merced de la encomienda el 31 de Julio y en Valladolid el 16 de Julio de 1549, le dio licencia para arrendar sus frutos y rentas por los tres años siguientes, llamándole Gaspar Marradas. Murió en Villarrubia el 13 de Octubre de 1569, de una caída en el corredor de la casa de su encomienda, un jueves por la noche. Tuvo tiempo de recibir los sacramentos y de hacer testamento. En él se mandó depositar su cuerpo en la iglesia de Villarrubia (como se hizo), y de allí fue trasladado a su capilla de Valencia, acompañándole dos clérigos y dos frailes, uno Dominico y otro Franciscano. Que se dijesen en nuestra Señora de la Esperanza quinientas misas y en Santo Domingo otras quinientas, que el padre Fray Juan de Morales dijese otras quinientas. Mandó a la iglesia de Villarrubia cuatrocientos reales, y al hospital de esta villa cien. Que se visiten doce pobres y las hachas con que alumbrasen quedasen para ( ). Todo lo refiere el libro ( ) de Villarrubia en el año 1569, y le llama: el ilustre señor Don Gaspar Soler de Marradas, Comendador de Viedma. Nota.- A pesar que en la documentación que he encontrado no he podido descifrar el texto que debería haber en lugar de los paréntesis en blanco, considero interesante transcribir la biografía de D. Gaspar Soler por los datos que aporta sobre Villarrubia.

DON PEDRO DE PADILLA.- Maestro de campo de infantería Española, Gobernador de Orán, Castellano de Milán, Trece de la orden del consejo de guerra de Felipe II. Fue Comendador de Biedma en sucesión de D. Gaspar Soler, como parece por el título que Felipe II firmó en la villa del Escorial el 21 de Abril de 1571, durante 11 años fue comendador de Biedma hasta que el mismo rey le promovió a la encomienda de Medina de las Torres el 7 de Marzo de 1582.

DON JUAN ENRIQUEZ DE GUZMAN.- Mayordomo de la Reina Doña Ana, y antes Merino de la Emperatriz Doña Isabel; fue Comendador de Biedma por la merced de Felipe II, título que fue firmado el Lisboa el 24 de Agosto de 1582.

DON ENRIQUE DE CARDONA.- Gobernador del principado de Cataluña, fue Comendador de Biedma por merced de Felipe II, que firmó el título en Madrid el 13 de Enero de 1590. Gozó de esta encomienda hasta el final de su vida que fue en el año 1603.

DON FELIPE RAMIREZ DE ARELLANO.- Séptimo Conde de Aguilar, Señor de los Cameros, Nalda, Yanguas, Cervera, Entrena, Las Venegras y Biguera, Capitán de caballos Lanzas en el ejercito de Flandes, y allí del consejo de guerra, Capitán General de Portugal y Gobernador y Capitán General de Orán. Comendador de Biedma por la merced de Felipe III, título que le fue dado en Gumiel de Mercado, siendo 17 de Mayo de 1604.

DON DIEGO DE ZUÑIGA.- Caballero de la Orden de Santiago, hijo mayor de Don Diego López de Zuñiga, primer marqués de Baides, Mayordomo de la Reina Doña Isabel, Comendador de Biedma en sucesión del Conde de Aguilar por gracia de Felipe IV, como consta por el título expedido en Madrid el 18 de Agosto de 1621.

DON DIEGO LOPEZ DE ZUÑIGA.- Primer Marqués de Baides, Señor de Coveta y Pedrosa, Caballero novicio de la Orden de Santiago, Corregidor de Toledo y Mayordomo de la Reina Doña Isabel, fue administrador con goce de frutos de la encomienda de Biedma, porque Felipe IV le hizo merced de ella cuando quedó vacante de su hijo y respecto a no haber profesado , Urbano VIII, en Roma, el 5 de Febrero de 1632, dispensó para que la pudiese tener en administración; pero antes de que se le pudiesen dar los despachos, falleció el 22 de Enero de 1636.

DON GUILLERMO DE BET.- Barón y Marques de Leden, Gobernador de Dunkerke, fue Caballero novicio de la Orden de Santiago y administrador con goce de los frutos de la encomienda de Biedma por merced de Felipe IV y dispensación de Urbano VIII, concedida en Roma el 26 de Octubre de 1634. En virtud de ella se le dio el título de Administrador en Madrid el 1 de Abril de 1635, llamándole solo Guillermo de Bet, Barón de Leden, Caballero de la misma Orden.

DON AMBROSIO AGUSTIN FRANCISCO DE BET.- Segundo Marques de Leden, Gentilhombre de la Cámara de Don Juan de Austria y Comendador de Biedma, Sucedió a su padre en la Encomienda por Merced de Felipe IV, Según consta en el título que le dio en Madrid el 10 de Octubre de 1661. Estaba casado con Dorotea Brígida Fernández de Croy, cuyos capítulos matrimoniales se hicieron en Bruselas el 23 de Enero de 1671, ante Juan Herman, Notario y Escribano en aquella villa, y en fuerza de una cláusula de ellos quedó esta señora como tutora y curadora de los hijos que ambos procrearon, como parece por un poder que dio en Bruselas el 28 de Noviembre de 1678 a Don Esteban de los Ríos para que percibiese los frutos de esta encomienda que S.M. había hecho merced a Don Juan Francisco, Marques de Leden, su hijo mayor.

DON JUANFRANCISCO DE BET.- Tercer Marques de Leden, primogénito de los marqueses Don Ambrosio y Dorotea de Croy, administrador con goce de la encomienda de Biedma por el decreto que firmó el Rey el 19 de Octubre de 1677, once días después del fallecimiento de su padre, teniendo cinco años de edad y no llevando aun el habito. Después lo tomó y habiendo sido dispensado por el Papa Inocencio XI el 5 de Julio de 1680, Felipe IV le dio título en San Lorenzo el 11 de Octubre de 1680. Cuando profesó y antes de tener el título de Comendador, el Rey le concedió el Toisón de Oro en 1704, que él tomó sin pedir dispensación apostólica. Acudió con Carta de S.M. al pontífice Clemente X, el cual la negó. Desde entonces la Encomienda se administra por el Tesoro de la Orden, a quien, por Bula apostólica, pertenecen las vacantes.

DON FRAY GUTIERRE GONZÁLEZ PALOMEQUE.- Ilustre caballero nacido en Biedma. Comendador mayor que fue en la orden de Calatrava y que tuvo una notable intervención en la famosa batalla de las Navas de Tolosa (1212).


Música/Vídeo: Anon. - Tourdion: Quand je bois du vin clairet

Comendadores de la Encomienda de Villarrubia de Ocaña


FRANCISCO DAVILA.- Caballero de la Orden de Santiago, fue Comendador de Villarrubia hasta que los Reyes Católicos (administradores) le pasaron a la Encomienda de Villafranca el año 1502.

MOSEN DIEGO DE AGUILERA.- Caballero de la Orden de Santiago, casado con Doña Elvira de Jarava, fue Comendador de Villarrubia por merced de los Reyes Católicos, año 1502, según parece por el título dado en Madrid el 4 de Noviembre de dicho año.

DON FERNANDO DE TORRES.- Baile General de Valencia, Comendador de Villarrubia, parece que sucedió en esta Encomienda a Mosén Diego de Aguilera, o al menos ya la tenía en el año 1519, porque en él, en Barcelona, a 28 de Junio, le dio Carlos V licencia para arrendar sus frutos por más tiempo que el dispuesto. El año 1516, a 30 de Mayo, le había dado el rey Católico otra cédula semejante en Madrid llamándole Baile de Valencia y Comendador de Villarrubia.

DON LOPE HURTADO DE MENDOZA.- Era Comendador de Villarrubia el año 1539, como parece por cédula de Carlos V, dada en Madrid, a 2 de Octubre, en que le concede licencia para arrendar esta su encomienda por tres años. Falleció en Octubre de 1558, como parece por los libros de asientos de los despachos del consejo.

MOSEN GASPAR SOLER DE MARRADAS.- Virrey, Capitán General del Reino de Mallorca y tesorero general de Valencia, fue Comendador de Villarrubia, como lo escriben Diego de la Mota y Gaspar Escolano. Mota en su "Catálogo de los Caballeros de Santiago", página 270, dice: "Don Gaspar Soler de Marradas, en tiempo del Emperador Carlos V, sirvió en las guerras de Hungría, Alemania, Túnez, y Argel, fue Virrey y Capitán General de Mallorca y Comendador de Villarrubia. Fue muy valiente caballero, tanto que el emperador, en cierta ocasión, le nombró". Gaspar Escolano dice hablando de los caballeros de esta familia, en el tomo 2ª, libro 9, página 1093 de su "Historia de Valencia": "Mosén Gaspar de Marradas, Caballero del hábito de Santiago y comendador de Villarrubia, fue de los señalados capitanes que sirvieron al Emperador Carlos V en todas sus jornadas; y tenia de su valor tan grande concepto, que en el desafío que le envió el Rey Francisco I de Francia, quiso que fuese uno de los escogidos para entrar en el campo por parte de su majestad.


Después le proveyó en el Virreinado de Mallorca, por los años de 1550 y gobernó aquellas islas hasta el año 1557, Después le dio la tesorería de Valencia, en que tuvo por sucesor a su sobrino Don Gaspar Marradas, Señor de Gallent"

DON JUAN DE BORJA. Comendador de Villarrubia por merced de Carlos V, desde el 6 de Febrero de 1546. En 1576, siendo Comendador Juan de Borja, se hicieron las relaciones ordenadas por Felipe II en Villarrubia.

DON DIEGO ALVAREZ DE OSORIO.- Señor de las villas de Abarca y Villa Ramiro, sucedió a Don Juan de Borja en la encomienda de Villarrubia, como parece por el título de Comendador que le dio Felipe II en Lisboa el 15 de Enero de 1582, pero no la gozó mucho, porque el mismo monarca, el año 1591 le promovió a la encomienda de los Bastimentos del Campo de Montiel.

DON PEDRO DE BAZAN.- Comendador de Fradel y San Marcos, de Teruel, Señor de Peñalva en Toro y Gentilhombre de la casa de Felipe II. Fue comendador de Villarrubia, en sucesión de Don Diego Alvarez de Osorio, por merced de Su Majestad, que le firmó el título en Madrid el 23 de Octubre de 1591.

GOMEZ VELAZQUEZ.- Comendador de Pozo Rubio y Caballerizo de la Reina Doña Margarita, fue comendador de Villarrubia por merced de Felipe III, como consta en el título que se despachó en Valladolid el 2 de Febrero de 1603; el Capítulo General de la Orden le nombró Visitador de la provincia de Castilla.

DON LUIS FAJARDO DE ZUÑIGA Y REQUESENS.- Primer marques de los Vélez de Molina y Martorel, Señor de las villas de Mula, Molina, Librilla y de las Baronías de San Andrés Rosanés y Molín de Rey, Adelantado y Capitán mayor del Reino de Murcia y Marquesado de Villena, hijo de Don Pedro, tercer marqués de los Vélez, Comendador mayor de León y nieto por parte de madre de Don Luis de Zúñiga y Requesens, Comendador mayor de Castilla, fue Comendador de Villarrubia por merced de Felipe III, que le firmó el título en Madrid, a 28 de Enero de 1612.

DON JERONIMO CARRAFA.- Príncipe de Montenegro.

DON JUAN DE CARDENAS.- Capitán de Caballos en el ejercito de Milán, hijo de Don Bernardino, tercer Duque de Maqueda, Marqués de Elche, Adelantado, Mayor de Granada y de Doña Luisa Manrique de Lara y Acuña, Duquesa de Nájera, Condesa de Valencia y de Treviño, tuvo merced en la encomienda de Villarrubia por Felipe IV, pero falleció antes de que se le diese el título.

DON GASTON DE MONCADA.- Segundo Marques de Aitona, Conde Osona, Vizconde de Cabrera y Bas, Gran Senescal de Aragón, Maestre Racional de Cataluña, Embajador en Roma, Virrey de Cerdeña y Aragón, Gobernador y Capitán General de Flandes y de los consejos de estado y guerra de Felipe IV, fue Comendador de Villarrubia por merced de su Majestad como aparece en el título que se le despachó en Madrid, el 5 de Noviembre de 1634, y que empieza: "A vos el licenciado Gregorio de la Cuesta Alcántara, religioso de la dicha Orden, mi capellán, ...., sabed que la encomienda de Villarrubia, que es de la misma Orden, está al presente vacante por el fallecimiento del Príncipe de Montenegro, último Comendador que fue de ella, y de Don Juan de Cárdenas, a quien después hice merced de la dicha encomienda, aunque no llegó a despachársele el título; y a mí, como tal administrador, pertenece nombrar persona del hábito de la dicha Orden que sea proveído de ella. Y teniendo consideración a los muchos y buenos servicios que Don Gastón de Moncada, Marques de Aitona, Caballero profeso de la misma Orden, de mis Consejos de estado y guerra, mi Gobernador y Capitán General de los estados de Flandes y países Bajos, mi Senescal de Aragón y Maestre Racional de mi casa y corte ha hecho a mí y a la dicha Orden y espero que hará de aquí adelante, y a sus méritos y costumbres, le nombro para que sea proveído de la dicha encomienda de Villarrubia, ....". Gozó de ella hasta el día 15 de Agosto de 1635, en que falleció.

DOÑA CATALINA DE MONCADA.- Dama de la Reina Doña Isabel y después Duquesa de Montalto y de Víbora y Princesa de Paterno, hija de Don Francisco, tercer Marqués de Aitona, gozó de los frutos de la Encomienda de Villarrubia por merced de Felipe IV y dispensación de su Santidad.

DON JUAN DE GARAY OTAÑEZ.- Caballero de la Orden, del consejo de Guerra de su Majestad, Virrey y Capitán General de Cataluña, fue Comendador de Villarrubia en virtud del título de Felipe IV le firmó en Madrid el18 de Marzo de 1643. En las primeras palabras se hace relación de las personas que antes gozaron de esta Encomienda, pues dice: "A vos el Doctor García de Eslava y Zayas, religioso de la dicha Orden, mi capellán,..... sabed que la Encomienda de Villarrubia que es de la misma orden, está vacante por fallecimiento del Marqués de los Vélez, último Comendador que fue de ella y dejación de Doña Catalina de Moncada, Dama de la Reina Doña Isabel, mi muy cara y amada mujer, hija del Marqués de Aitona, difunto, de cuyos frutos y rentas gozaba y la hice merced en virtud de Breve de su Majestad, por habérsele dado recompensa por mi Consejo de Aragón; y a mí, como tal administrador, pertenece nombrar persona de hábito de la dicha orden que sea proveído de la dicha Encomienda. Y teniendo consideración a los servicios que Don Juan Garay, Caballero profeso de la misma orden, ha hecho a mí y a ella y espero que hará de aquí adelante, le nombro para que sea proveído de la dicha encomienda.

DON RODRIGO DE HERRERA Y CESPEDES.- Caballero de la Orden, Teniente General de la caballería del ejército de Extremadura, fue Comendador de Villarrubia en sucesión a Don Juan de Garay y por merced de Felipe IV, que le dio el título en Madrid el 30 de Agosto de 1652.

DON DIEGO CABALLERO DE ILLESCAS.- Caballero de la Orden, General de la Caballería de los ejércitos de Cataluña y Extremadura, Virrey de Navarra y Gobernador de Cádiz, fue Comendador de Villarrubia por merced de Felipe IV, y se le despacharon dos títulos de esta Encomienda, el primero en Madrid el 12 de Octubre de 1656, porque habiéndose corrido que había muerto Don Rodrigo Herrera y Céspedes se consideró vacante esta encomienda; pero Don Rodrigo vivió un año más. El segundo título se le concedió el 15 de Marzo de 1658. En ambos casos se le llama General de la Caballería del ejercito de Cataluña. Fue comendador de Villarrubia hasta el 27 de Enero de 1663, que la dejó, por haberle dado el rey la Encomienda de los Bastimentos de la provincia de León.

DON BLASCO DE LOYOLA.- Caballero de la Orden, Secretario de estado de Su Majestad de la Negociación del Norte y después Secretario universal, fue Comendador de Villarrubia en sucesión de Diego Caballero y por gracia de Felipe IV, que en el título que se despachó en Madrid el 18 de Abril de 1663, dice que se la da "teniendo en cuenta los largos y agradables servicios de Don Blasco de Loyola, Caballero profeso de la Orden, y a la satisfacción con que lo está continuando en el puesto de mi Secretario de Estado de la negociación del Norte.....".

DON FERNANDO ANTONIO DE LOYOLA.- Marqués de la Olmeda, del Consejo de Hacienda de su Majestad, es Comendador de Villarrubia porque el Rey y la Reina su madre y tutora le hicieron merced de esta encomienda en decreto del 20 de Octubre de 1668, en virtud del cual se le despachó en Madrid el 16 de Marzo de 1670.




Música/Vídeo: Manuel Machado (Lisboa,ca.1590 -Madrid, 1646) Romance : ¡ Afuera ,afuera que sale ! - Montserrat Figueras.

Crónicas de Verano - Cayetano Luca de Tena y Lazo


"Cuando emprendo este largo viaje de todos los veranos, cometo siempre el mismo error: no les cuento a ustedes nada de las tierras próximas a la capital, de los pueblos y los paisajes que tenemos demasiado cerca. Se imagina uno que deben ser conocidos de sobra, que las excursiones del fin de semana los han convertido en algo familiar, sin misterio, sin sorpresas. Y, sin embargo, es preciso andar estos caminos que hemos olvidado demasiadas veces.

Un poco más allá de Perales de Tajuña nos desviamos de la carretera general y nos metemos en los senderos que el mapa pinta de amarillo y por los que no circula casi nadie. Un campesino en una moto vieja. Una furgoneta cargada de comestibles que tal vez se dirige al mercado ambulante que encontraremos después en cualquier pueblo. El campo extiende las grandes manchas de los trigos que nunca tienen el mismo color.

Los pueblos se impregnan del aire campesino. Máquinas de labranza, hombres con herramientas o carretillas, tractores... Las mujeres van con sus bolsas en busca del pan de cada día. Camino de Villarrubia de Santiago nos enredamos en un puertecillo de enrevesadas curvas. Al coronarlo, el paisaje se despliega, verde y jugoso ahora por las aguas del Tajo. Desde allí arriba, la mancha de un sembrado refleja la luz de un modo que parece, por un momento, una laguna casi irreal, un espejo de agua inverosímil. Las urracas son las protagonistas del paisaje. En sus correctos trajes de etiqueta andan picoteando cualquier cosa caída en el camino y escapan, en un ágil y corto vuelo, de la proximidad del coche.

Tras el oasis creado por el río, el campo se endurece y se seca. Esta es la España árida, la España sin árboles que nos entristece el corazón. Recuerdo que en uno de los tomos de "El espectador”, de Ortega, en años juveniles -además de la revelación, del descubrimiento de aquella prosa de increíble perfección- aprendí que más de la mitad del suelo español era estéril. Y cada vez que atravieso uno de estos paisajes desolados, de tierras blanquecinas y yermas, me acuerdo del filósofo y de la impresión que me hizo su comentario sobre nuestra pobreza. ¿Fue siempre así o los casi ocho siglos de Reconquista y talas incesantes arruinaron nuestras tierras irremediablemente? En cualquier caso, cuando los árboles no acompañan mi camino, cuando el color verde se borra en mi horizonte, me siento a disgusto.


Me he desviado de la ruta para acercarme al santuario de la Virgen del Castellar. Unos pocos kilómetros de revueltas y una construcción limpia, encalada, casi andaluza.



La Virgen está primorosamente vestida y alhajada. Es menudita y morena. La cara bonita le resplandece junto a los pliegues del rastrillo. Me dice la guardiana que esa cara es lo único que queda de la imagen, quemada durante nuestra guerra. Como tantas otras vírgenes españolas, fue encontrada por un pastor en el escondrijo en que la guardaron manos piadosas para librarla de profanaciones cuando la invasión de los árabes. Pero yo no sé si la cara de esta Virgen es demasiado perfecta para ser tan antigua. Las imágenes primitivas no suelen tener este óvalo tan dulce, esta armoniosa distribución de rasgos. Salgo de la ermita con dudas históricas, pero con un piropo en el corazón para esta Virgen pequeña y bonita. Los sevillanos tenemos muy arraigada esta manera de entender la devoción.


En Villarrubia hay una gran iglesia con una torre alta y elegante.


Está oscura y solitaria cuando entramos. Nos parece que es Santiago quien alza su espada en el altar mayor. 
Hacia Lillo, el campo se va alegrando con las viñas, de un verde fresco y luminoso. La carretera se estira sobre la tierra llana y los chapiteles de las torres nos anticipan el saludo de los pueblos. Herencia tiene un parque frondoso que refresca la vista. Hacia Puerto Lapice las viñas se han apoderado ya del paisaje por completo. Villarta de San Juan, Arenas, Villarrubia de los Ojos. Daimiel...

Aprieta el calor sobre el campo manchego. El Parador de Manzanares nos abre el refugio de sus árboles, de su piscina junto al césped, de su discreta refrigeración. Zumban los camiones por la carretera de Andalucía. Al escribir esta primera crónica me doy cuenta de que aún no le he tomado bien el pulso al paisaje, de que nuestra relación es todavía vacilante, tras un año entero de no vernos las caras. Somos como novios separados durante doce meses. Tendremos que ir recobrando la intimidad perdida, el tono del diálogo, la antigua naturalidad. Hoy no hemos hecho más que apretarnos las manos."

Cayetano Luca de Tena
Texto publicado en ABC del día 1-7-86  >> ver


Cayetano Luca de Tena y Lazo - (Sevilla, 1917 - Madrid, 1997) - Director teatral español.

Tras abandonar sus estudios de Medicina, decide dedicarse plenamente a la actividad teatral. Responsable, a lo largo de su carrera, de la puesta en escena de 124 montajes teatrales, estuvo muy estrechamente vinculado al Teatro Español de Madrid y que dirigió entre 1942 y 1952 (en que funda su propia compañía, La Máscara) y entre 1962 y 1964. Considerado, junto a Luis Escobar en el Teatro María Guerrero, uno de los más destacados directores teatrales de la España de postguerra. Destaca en su trayectoria el montaje de la obra Historia de una escalera, de Antonio Buero Vallejo, estrenada en 1949 y que alcanzó el Premio Lope de Vega. También hizo incursiones en la pequeña pantalla, en los años 60 y 70, época dorada del teatro en televisión, y dirigió para TVE varias obras en el espacio Estudio 1.







Música: G. Puccini. Madama Butterfly. Coro A Bocca Chiusa. Dir.: José R. Encinar